historia del world of warcraft V

La batalla de Grim Batol

Mientras tanto, en las tierras del sur, los restos de la Horda luchaban por su supervivencia. Aunque Grom Hellscream y su clan Warsong consiguieron evadir la captura, Deadeye y su clan Bleeding Hollow fueron atrapados y llevados a los campos de internación de Lordaeron. A pesar de estos acontecimientos, los guardianes de lo campamentos pronto restablecieron el control sobre sus brutales cargos.
Sin embargo, una gran fuerza de orcos todavía rondaba libre por las tierras del norte de Khaz Modan sin que la Alianza lo supiera. El clan Dragonmaw, liderado por el infame hechiero Nekros, estaba usando un antiguo artefacto conocido como el Alma Demoníaca para controlar a la reina de los dragones, Alexstrasza. Con la reina retenida como rehén, Nekros construyó un ejército secreto dentro de la fortaleza abandonada-algunos decían que también estaba embrujada- de los Wildhammer en Grim Batol. El plan consistía en desatar las fuerzas de sus poderosos dragones sobre la Alianza, y además Nekros esperaba reunir a la Horda y continuar su conquista de Azeroth. Su visión no llegó a concretarse: un pequeño grupo de resistencia, liderados por el mago humanos Rhonin, consiguió destruir el Alma Demoníaca y liberar a Alexstrasza del influjo de Nekros.
Llenos de furia, los dragones de Alexstrasza destruyeron Grim Batol e incendiaron la mayoría del clan de Dragonmaw. Los grandiosos planes de reunificación de Negros fracasaron ya que las tropas de la Alianza atraparon a los orcos sobrevivientes y los encarcelaron en los campos de internación. La derrota del clan Dragonmaw señaló el fin de la Horda, y el fin del ansia de sangre de los orcos.


La nueva Horda

El jefe de los guardianes de los campos de internación, Aedelas Blackmoore, vigilaba a los orcos cautivos desde su fortaleza en Durnholde. Un orco en particular le llamaba la atención: el infante huérfano que había encontrado casi dieciocho años antes. Blackmoore había criado al joven como su esclavo predilecto y lo llamó Thrall. Blackmoore le enseñó al orco distintas tácticas, filosofía y combate. Thrall incluso fue entrenado como gladiador. Mientras tanto, el corrupto guardián buscaba usar al orco como arma.
A pesar de su dura educación, el joven Thrall creció fuerte e ingenioso, y sabía que la vida de esclavo no era para él. A medida que llegaba a la madurez, aprendía sobre su gente, los orcos, a quienes nunca había conocido: luego de su derrota, la mayoría de ellos habían terminado en campos de internación. Había rumores de que Doomhammer, el líder de los orcos, había escapado de Lordaeron y estaba escondido. Solo un clan operaba en secreto, mientras trataba de evadir la vigilancia de la Alianza.
El ingenioso aunque inexperto Thrall decidió escapar de la fortaleza de Blackmoore para dirigirse a encontrar a otros de su raza. Durante este viaje Thrall visitó los campos de internación y encontró que su poderosa raza estaba sumida en un extraño letargo. Sin haber encontrado los poderosos guerreros que esperaba, Thrall se fue a buscar al último de los jefes orcos invicto, Grom Hellscream.
Constantemente perseguido por los humanos, Hellscream se mantenía atado a su voluntad de luchar. Auxiliado solo por su clan Warsong, Hellscream continuaba promoviendo una guerra clandestina contra la opresión de su gente. Desafortunadamente, Hellscream no podía encontrar la manera de sacar a los orcos cautivos de su estupor. El impresionable Thrall, inspirado por el idealismo de Hellscream, desarrolló una fuerte empatía por la Horda y sus tradiciones bélicas.
En la búsqueda de sus orígenes, Thrall viajó al norte para encontrar al legendario clan Frostwolf. Thrall se enteró de que Gul’dan había exiliado a los Frostwolves durante los primeros tiempos de la Primera Guerra. También descubrió que él era hijo y heredero del héroe orco Durotan, el verdadero jefe de los Frostwolves, quien había sido asesinado casi veinte años antes.
Bajo la tutela del venerble chamán Drek’Thar, Thrall estudió la cultura antigua chamanística de su pueblo, que había sido olvidada por mandato de Gul’dan. Con el tiempo, Thrall se convirtió en un poderoso chamán y retomó su lugar como jefe de los Frostwolves. Fortalecido por los mismos elementos y motivado a encontrar su destino, Thrall se propuso liberar a los clanes cautivos y sanar a su raza de la corrupción demoníaca.
Durante sus viajes, Thrall encontró al viejo jefe, Orgrim Doomhammer, quien había vivido como ermitaño durante muchos años. Doomhammer, gran amigo de su padre, decidió seguir al joven y visionario orco para ayudarlo a liberar a los clanes. Apoyado por muchos jefes veteranos, Thrall logró revitalizar a la Horda y le dio a su gente una nueva identidad espiritual.
Para simbolizar el renacimiento de su pueblo, Thrall volvió a la fortaleza de Blackmoore en Durnholde y puso un fin definitivo a los planes de su antiguo amo al arrasar los campos. Esta victoria tuvo su precio: durante la liberación de un campamento, Doomhammer cayó en batalla.
Thrall tomó el legendario martillo de Doomhammer y se puso su armadura para convertirse en el nuevo jefe de la Horda. Durante los meses siguientes, el pequeño aunque volátil ejército de Thrall acabó con los campos de internamiento y bloqueó todos los esfuerzos de la Alianza por contrarrestar sus hábiles estrategias. Animado por su mejor amigo y mentor, Grom Hellscream, Thrall trabajó para asegurar que su pueblo nunca volviera a ser esclavizado.


La guerra de las Arañas

Mientras Thrall liberaba a sus hermanos en Lordaeron, Ner’zhul continuó construyendo su base de poder en Northrend. Una gran ciudadela fue levantada sobre el glaciar Icecrown por las legiones de muertos. Sin embargo, mientras el rey Lich extendía su influencia sobre la tierra, un imperio sombrío se enfrentó a su poder. El reino subterráneo Azjol-Nerub, que había sido fundado por una raza de siniestras arañas humanoides, envió sus mejores guerreros para que atacaran Icecrown y terminaran con la locura del rey Lich. Ner’zhul descubrió que los malignos nerubianos eran inmunes no solo a su plaga, sino también a su poder telepático.
Las vastas fuerzas eran comandadas por los lores nerubianos y tenían una cadena subterránea que cubría casi la mitad del territorio de Northrend. Sus tácticas de ataque y huida sobre las fortalezas del rey Lich bloquearon sus esfuerzos por acabarlos una y otra vez. Finalmente, la guerra de Ner’zhul contra los nerubianos fue ganada por el desgaste. Con la ayuda de los siniestros dreadlords y de innumerables guerreros, el rey Lich invadió Azjol-Nerub y destruyó sus templos.
Aunque los nerubianos eran inmunes a su plaga, los poderes nigrománticos de Ner’zhul le permitieron manejar los cuerpos de los guerreros-araña a su voluntad. Como testimonio de su tenacidad y valentía, Ner’zhul adoptó el estilo arquitectónico de los nerubianos para sus fortalezas y edificios. Sin oposición alguna, el rey Lich comenzó a prepararse para su verdadera misión en el mundo. Enviando el llamado de su consciencia hacia las tierras humanas, el rey Lich esperaba la respuesta de cualquier alma oscura que escuchara.


Kel'thuzad y la formación de los Azotes

Muchos individuos dispersos a lo largo del mundo escucharon el llamado mental del rey Lich desde Northrend. El más notable de ellos fue el mago de Dalaran, Kel’Theuzad, quien había sido una vez uno de los miembros principales de Kirin Tor, el consejo de gobierno de Dalaran. Había sido considerado disidente durante años debido a su insistencia en el estudio de las artes prohibidas de la nigromancia. Enfocado a aprender todo lo que podía sobre el mundo de la magia y sus encantos sombríos, estaba frustrado por lo que él consideraba unos preceptos anticuados. Al escuchar la poderosa invocación desde Northrend, el mago dirigió toda su voluntad a comunicarse con la misteriosa voz. Convencido de que Kirin Tor era demasiado escrupuloso para tomar el poder y los conocimientos inherentes a las artes negras, se resignó a aprender todo lo que podía del rey Lich.
Dejando atrás su fortuna y prestigio político, Kel’Thuzad abandonó Kirin Tor y Dalaran para siempre. Empujado por la persistente voz del rey Lich en su mente, vendió sus pertenencias y guardó su fortuna. Luego de viajar solo varias leguas de mar y tierra, finalmente llegó a las costas heladas de Northrend. Al intentar llegar a Icecrown para ofrecer sus servicios al rey Lich, el mago pasó por las ruinas devastadas de Azjol-Nerub. Allí pudo ver la ferocidad del poder de Ner’zhul, y comenzó a pensar que aliarse con el misterios rey sería sabio y potencialmente fructífero.
Luego de varios meses de caminar a través de las duras tierra árticas, Kel’Thuzad finalmente llegó al oscuro glaciar Icecrown. Con valentía se acercó a la negra ciudadela de Ner’zhul, y se sorprendió al observar que los silenciosos guardias lo dejaban pasar como si supieran que iba a venir. Kel’thuzad descendió a las profundidades de la tierra helada y encontró el camino para llegar al fondo del glaciar. Allí, en la interminable caverna de hielo y sombras, se postró frente al Trono Congelado y ofreció su alma al señor oscuro de la muerte.
El rey Lich estaba muy conforme con su último conscripto. Le prometió a Kel’thuzad grandes poderes e inmortalidad a cambio de su lealtad y obediencia. Ansioso de conocimientos oscuros y poderes, Kel’Thuzad aceptó su primera gran misión: adentrarse en el mundo de los hombres para fundar una nueva religión que adorara al rey Lich como una divinidad.
Para ayudar al mago a cumplir su misión, Ner’zhul dejó la humanidad de Ker’Thuzad intacta. El anciano aunque carismático hechicero fue fortalecido mediante los poderes de ilusión y persuasión para llegar a los oprimidos y llevar a las masas de Lordaeron a un estado de confianza y fe. Entonces, una vez que tuviera su atención, les ofrecería una nueva visión de lo que su sociedad podría ser, además de la figura de su rey.
Kel’Thuzad regresó a Lordaeron disfrazado, y luego del paso de tres años, usó su fortuna e intelecto para reunir una hermandad clandestina de hombres y mujeres adeptos. La hermandad, que él llamó Culto de los Malditos, prometió a sus acólitos igualdad social y vida eterna en Azeroth a cambio de su servicio y obediencia a Ner’zhul. Mientras los meses pasaban, Kel’Thuzad encontró muchos voluntarios entusiastas para su nuevo culto entre los cansados trabajadores de Lordaeron. Fue sorprendentemente fácil para Kel’Thuzad cumplir con su meta: transferir la fe de los ciudadanos en la Luz Sagrada a la creencia en la oscuridad de Ner’zhul. A medida que el culto crecía en tamaño e influencia, Kel’Thuzad se aseguró de esconder sus trabajos de las autoridades de Lordaeron.
Con el triunfo de Kel’thuzad en Lordaeron, el rey Lich realizó las últimas preparaciones para su ataque contra la civilización humana. Ubicó a sus energías de plaga en varios artefactos portátiles llamados calderas de la plaga, y ordenó a Kel’thuzad que transportara esos calderos a Lordaeron, donde serían escondidos por varios ciudadanos controlados por el culto. Los calderos, protegidos por la lealtad de los cultistas, actuarían como generadores de plaga, la cual sería enviada sobre las desconfiadas ciudades del norte de Lordaeron.
El plan del rey Lich funcionó a la perfección. Muchos de los pueblos de Lordaeron fueron contaminados casi al instante. Al igual que en Northrend, los ciudadanos que contrajeron la plaga murieron y revivieron como esclavos del rey Lich. Los cultistas bajo el mando de Kel’thuzad estaban ansiosos por morir y revivir al servicio de la oscuridad. A medida que la plaga avanzaba, más y más zombies se levantaban en las tierras del norte. Kel’thuzad juntó al creciente ejército del rey Lich y lo llamó los Azotes, ya que pronto marcharían contra las puertas de Lordaeron y azotarían a la humanidad sobre la faz de la tierra.

La separación de la Alianza

Desinformados sobre el culto de la muerte formado en sus tierras, los líderes de las naciones aliadas comenzaron a discutir y pelear sobre sus pertenencias territoriales y la decreciente influencia política. El rey Terenas de Lordaeron sospechaba que el frágil pacto que habían forjado durante su peor momento no duraría mucho tiempo. Terenas convenció a los líderes de la Alianza de que le prestaran dinero y trabajadores para ayudar a reconstruir el reino sur de Stormwind, que había sido destruido durante la ocupación de los orcos en Azeroth. La suba de impuestos, junto con los altos gastos de mantenimiento de los numerosos campos de internación, llevó a muchos líderes-en particular a Genn Greymane de Gilneas- a pensar que sus reinos estarían mejor si se separaran de la Alianza.
Para empeorar la situación, los elfos de Silvermoon rescindieron repentinamente su lealtad a la Alianza, argumentando que el pobre liderazgo de los humanos los había llevado al incendio de sus bosques durante la Segunda Guerra. Terenas luchó contra su impaciencia y les recordó a los elfos que no hubiera quedado nada de Quel’Thalas si no fuera por miles de valientes humanos que sacrificaron su vida para defenderlos. A pesar de todo, los elfos decidieron tercamente seguir con su respuesta. Luego de la partida de los elfos, Gilneas y Stromgarde también se separaron.
Aunque la Alianza estaba en baja, el rey Terenas todavía contaba con aliados. Tanto el almirante Proudmoore de Kul Tiras como el joven rey Varian Wrynn de Azeroth permanecieron unidos a la Alianza. Además, los magos de Kirin Tor, liderados por Antonidas, prometieron el apoyo de Dalaran al rey Terenas. También el rey de los duendes, Magni Bronzebeard, prometió que los duendes de Ironforge mantendrían su deuda de honor con la Alianza por la liberación de Khaz Modan del control de la Horda.

El Azote de Lordaeron

Luego de prepararse por muchos meses, Kel’Thuzad y su Culto de los Malditos finalmente lanzó su primer golpe al liberar a la plaga de muerte sobre Lordaeron. Uther y sus compañeros investigaron las regiones infectadas con la esperanza de encontrar una forma de frenar la plaga. A pesar de sus esfuerzos, la plaga continuó esparciéndose y amenazaba con destruir la Alianza.
Mientras las filas de muertos vivientes crecían a lo largo de Lordaeron, el único hijo de Terenas, el príncipe Arthas, se encargó de la batalla contra los Azotes. Arthas triunfó al matar a Kel’Thuzad, pero a pesar de eso, los ejércitos de muertos parecían ser un enemigo imparable, y por eso Arthas tomo medidas extremas para frenarlos. Al final los camaradas de Arthas le advirtieron que estaba perdiendo el control sobre su humanidad.
El miedo y la solución de Arthas resultaron ser su ruina. Rastreó la fuente de la plaga hasta Northrend, tratando de acabar con ella para siempre. Pero el príncipe cayó presa del tremendo poder del rey Lich. Creyendo que salvaría a su gente, Arthas tomó la espada maldita, Frostmourne. Aunque le concedió inmenso poder, también le robó su alma y lo transformó en el soldado más grande de los muertos del rey Lich. Con su alma abandonada y su salud destruida, Arthas lideró a los Azotes contra su propio reino. Finalmente, Arthas asesinó a su propio padre, el rey Terenas, y ganó a Lordaeron para el rey Lich.


Sunwell: la caída de Quel'Thalas

Aunque había derrotado a todo su pueblo y ahora los veía como enemigos, Arthas todavía era perseguido por el espíritu de Kel’Thuzad. El fantasma le dijo a Arthas que necesitaba revivir para la siguiente fase del plan del rey Lich. Para resucitarlo, Arthas debía llevar los restos de Ken’thuzad al místico Sunwell, escondido dentro del reino de Quel’Thalas.
Arthas y sus Azotes invadieron Quel’Thalas y sembraron terror entre las defensas de los elfos. Sylvanas Windrunner, el general de Silvermoon, resistió con firmeza, pero Arthas lo erradicó eventualmente y se introdujo en Sunwell. Con un cruel gesto de dominación, alzó el cuerpo de Sylvana y lo convirtió en un muerto al servicio del conquistador de Quel’Thalas.
Finalmente, Arthas sumergió los restos de Kel’Thuzad en las sagradas aguas de Sunwell. Aunque las poderosas aguas de Eternidad fueron engañadas por este acto, Kel’Thuzad renació como un hechicero muerto. Resurgido como un ser más poderoso, Kel’Thuzad explicó la próxima fase del plan del rey Lich. Para el tiempo en que Arthas y su ejército de muertos llegaran al sur, no quedaba ni un solo elfo vivo en todo Quel’Thalas. La gloriosa tierra de los elfos, que había permanecido durante más de novecientos años, no existía más.


El retorno de Archimonde y el vuelo hacia Kalimdor

Una vez que Kel’Thuzad volvió, Arthas lideró a los Azotes al sur de Dalaran. Allí los muertos obtendrían el poderoso libro de hechizos de Medivh, y lo usarían para invocar a Archimonde. A partir de ese momento, el mismismo Archimonde comenzaría la invasión final de la Legión. Ni siquiera los hechiceros de Kirin Tor pudieron frenar a las fuerzas de Arthas para que no se robaran el libro de Medivh, y pronto Kel’Thuzad tenía todo lo que necesitaba para realizar su hechizo. Luego de diez mil años, el poderoso demonio Archimonde y sus huestes emergieron una vez más sobre el mundo de Azeroth. Sin embargo, Dalaran no era su destinación final. Bajo las órdenes del mismo Kil’jaeden, Archimonde y sus demonios siguieron a los Azotes hacia Kalimdor, con el objeto de destruir Nordrassil, el Árbol del Mundo.
En medio del caos, un solitario y misterioso profeta apareció para guiar a las razas mortales. Este profeta resultó ser nada menos que Medivh, el último guardián, que había regresado milagrosamente desde el más allá para redimir sus pecados pasados. Medivh advirtió a la Horda y a la Alianza sobre los peligros que tendrían que enfrentar y los urgió a que se unieran. Divididos por generaciones de odio, los orcos y los humanos jamás aceptarían algo así. Medivh se vio forzado a tratar con cada raza por separado, usando la profecía y la magia para guiarlos a través del mar hacia la legendaria Kalimdor. Los orcos y los humanos pronto se encontraron en la civilización de los Kaldorei.
Los orcos, guiados por Thrall, sufieron una serie de problemas durante su viaje sobre los Baldíos de Kalimdor. Aunque eran amigos de Cairne Bloodhoof y sus poderosos guerreros taurinos, muchos orcos comenzaron a sucumbir a la demoníaca sed de sangre que los había manchado por años. Hasta el mejor de los tenientes de Thrall, Grom Hellscream, se entregó a sus instintos básicos. Mientras Hellscream y sus guerreros acechaban los bosques de Ashenvale, se encontraron con los centinelas de los elfos nocturnos. Seguro de que los orcos habían regresado a sus maneras bélicas, el semidios Cenarius decidió deshacerse de Hellscream y sus orcos. Sin embargo, Hellscream, fortalecidos por un odio y furia sobrenaturales, logró matar a Cenarius y corromper las antiguas tierras forestales. Finalmente, Hellscream redimió su honor al ayudar a Thrall a derrotar a Mannoroth, el lord demoníaco que maldijo a los orcos con su linaje de odio e ira. Con la muerte de Mannoroth, la maldición de los orcos terminó.
Mientras Medivh trabajaba para convencer a los orcos y a los humanos de la necesidad de una alianza, los elfos nocturnos luchaban contra la Legión a su manera. Tyrande Whispermind, la Alta Sacerdotisa inmortal de los centinelas, luchaba desesperadamente para mantener a los demonios y muertos fuera de los bosques de Ashenvale. Tyrande comprendió que iba a necesitar ayuda, y entonces se dirigió a despertar a los druidas elfos de su letargo milenario. Al invocar a su antiguo amor, Malfurion Stormrage, Tyrande logró impulsar a sus defensas para que hicieran retroceder a la Legión. Con la ayuda de Malfurion, la naturaleza misma se levantó contra la Legión y sus aliados.
Mientras buscaba más druidas, Malfurion encontró la antigua prisión donde había encadenado a su hermano Illidan. Convencido de que Illidan lo ayudaría contra la Legión, Tyrande lo liberó. Aunque Illidan los ayudó por un tiempo, eventualmente se fue a perseguir sus propios objetivos.
Los elfos nocturnos se prepararon para luchar contra la Legión Ardiente con gran determinación. La Legión jamás había desistido en su anhelo por el Pozo de la Eternidad, la fuente de poder del Árbol del Mundo y el corazón del reino de los elfos. Si su plan para apoderarse del Pozo triunfaba, los demonios destrozarían el mundo literalmente.

0 comentarios: